domingo, 23 de agosto de 2009

Vidas robadas, por Mª Ángeles Cantalapiedra


Ana, se llama Ana Padilla, cuarenta y ocho años, y dos hijos que nunca quiso tener. Sin carrera, sin futuro y que acaba de divorciarse. Se frota las manos ante esa sensación nueva que significa libertad. Al fin, se siente libre aunque lleva un buen rato parada en la calle; no sabe a dónde dirigir sus pasos de su recién estrenada condición de ex.


Se pone a caminar despacio, sin rumbo, rozando el aire su incipiente piel marchita, sus despreciables síntomas de mujer en los albores menopáusicos.Todo se ha desencadenado tan rápido, apenas hace seis meses vivía una cómoda hipocresía, nada hacía preveer semejante desenlace. Tan acomodada estaba en su condición "de", que llevaba años siendo arrastrada a ser un objeto más de una vida que aunque renegó al principio, después se fue adaptando hasta bordar el papel.


Las brumas del tiempo fueron borrando aquella chiquilla que gustaba atraer la atención de los demás, perdiéndose en el mundo de las sensaciones al límite. Transcurrían parejas lo que navegaba en sus adentros con lo que afloraba en el exterior. Porque aquella vida más falsa que Judas se tragó la juventud del corazón, y sus ojos se nublaron de vejez y desidia. Toda ella olía a olvido y, sin embargo, siguió montada en aquel estatus cómodo y práctico. Pero Paco, su marido, la sirvió en bandeja la puerta grande.


Como pasa a muchos cuando llegan a cierta edad y han perdido por el camino la ilusión, a la vuelta de una esquina encuentran sin buscar la miel de la segunda oportunidad enganchada al escote de una joven, seguramente quince años más jóvenes que ellos y, entonces, en esos corazones marchitos y apagados se enciende una linterna que ilumina todos sus recovecos.Paco rejuveneció, tiró por la ventana lastres innecesarios y se fue de casa.Al principio, Ana tardó en digerir su nueva realidad de mujer canjeable y abandonada; estaba tan acostumbrada a cerrar páginas en blanco que…En el despacho del abogado ha sido todo tan frío y materialista que parecía que no había ni siquiera sentimientos ni un ayer para recordar. "Paco está loco", pensaba Ana mientras éste no discutía ni un punto de los acuerdos. Ella se quedaba con todo: casa, coche, acciones… Él no quería nada. En principio la dolió porque veintiséis años de matrimonio no se pueden tirar por la borda de esa manera, ¿no? Ana, cuánto más reflexionaba, más ofendida estaba hasta que el abogado pronunció la pregunta "¿De mutuo acuerdo?", y ambos, sin titubear, contestaron que sí.… Ana, está sentada en un banco del Retiro respirando hondo mientras una chicharra se afana en recordarla que hace calor; ella no siente nada si no es culpabilidad. Sí, se siente culpable de no haber tenido coraje y haber roto muchos años atrás. Ha robado una vida a Paco, se la ha robado a ella misma… Y, ¿ahora será capaz de encontrar una nueva para ella?


Cae la tarde, Ana sigue sentada en el mismo banco. Sigue pensando, tiene miedo, se siente sola, se siente una cobarde y se pregunta, "¿Cómo se construirá un mañana después de haber destrozado un ayer?"… Entonces, se acuerda que en casa alguien la espera; hay dos hijos que tampoco Paco ha querido discutir; también son para Ana, y ella no les quiere quitar lo que sus padres se quitaron así mismos.








Mª Ángeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

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