jueves, 27 de agosto de 2009

Chill out en el acantilado, por Mª Ángeles Cantalapiedra


El lujo no encierra la belleza, el alma de las cosas…
Era una tarde de calor aplastante. El sol parecía no tener prisa en poner punto y final. Es verdad, no hacía daño al mirarle de frente, pero entre él y la humedad del mar nos había dejado sin ganas de movernos. Sin embargo, comenzamos a caminar entre casitas blancas, calles desiertas que subían y bajaban por las laderas del corazón y nuestros ojos no dejaban de empaparse de una belleza simple vestida de una estética que sin ser perfecta, te llenaba hasta el último rincón.
Vimos un letrero mal pintado con una flecha "Acantilat", la seguimos hasta que llegamos a la azotea de una casa. Trepaban y descendían escaleras y cada vez más cerca del cielo, del borde del mar, del horizonte; una gaviota casi me rozó la cabeza.
La costa se me antojaba faraónica, escarpada, desafiante.
Lo que vieron mis ojos es difícil de expresar sin que la emoción venga a hacerme una visita e inunde el ánimo de lágrimas. Llorar es una expresión sutil, refrescante que canaliza muy bien los sentimientos de alegría, placer, tristeza, da igual, lo importante es saberte expresado con la claridad del momento que estás viviendo.
De unos minúsculos altavoces, salía una música para que bailara el atardecer vestido de noche sensual. Me apoyé en la barandilla mientras el aire refrescaba mi piel y mis ojos se bañaban en aquella sencillez de paredes blancas, sillones de mimbre, sombrillas rozando el cielo dormido y las gaviotas danzando a mi alrededor. Aquella azotea no tenía ninguna pretensión de lujo y, sin embargo, te ofrecía la bebida refrescante de la serenidad, esa paz que buscas atropelladamente y que se quiebra la mayoría de las veces entre las yemas de tus dedos.
Sentí cómo se esfumaba el susto de ese día en que el coche en el que viajábamos se empotraba contra un bello muro de piedras menorquinas.
Me di cuenta que de las cenizas volvían a resurgir mis sensaciones mientras las estrellas se encendían en aquel chill out del acantilado.
Y entonces pensé qué fácil es enamorarse en un lugar así…, y qué suerte poder estar allí para luego contártelo como uno de los mejores recuerdos de mi verano azul.


MªÁngeles Cantalapiedra, desde Menorca, España

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