sábado 5 de septiembre de 2009

EN VALENCIA.(Certificada pero sin acuse de recibo), por Gaviola (Mª Socorro Mármol Brís)



Querida hija:


No voy a andarme con rodeos. Estoy en Valencia. O, por mejor decir, Don Valerio y yo estamos en Valencia. Sí, Don Valerio, el Maestro-Escuela de Salinas. Estamos juntos. Pero no con uno de esos viajes organizados para viejos. Estamos los dos solos, viendo cómo se le suben las colores a la Albufera por la tarde, Dios sabrá de qué vergüenzas de lo que tiene visto.
Hemos escuchado vuestro anuncio en la radio, en eso del "Servicio de Socorro de Radio Nacional" y, aunque no termino de discurrir a qué viene tanta preocupación, te escribo seguidamente.
De verdad que, después de tantos meses en la Residencia sin noticias vuestras, no esperaba que nos publicarais como a los desaparecidos por tres días que hace que faltamos.
¡Lo que tiene una que ver…! Cuando las hijas de Don Valerio y vosotros, con las habladurías y las rencillas, no podíais ni miraros a la cara. Y ahora, con lo del anuncio de la radio, parecéis uña y carne mentando a vuestros viejos y publicándonos como si fuéramos dos coplas dedicadas.
Hablando de la radio, sabréis que ha sido oyéndola como nos entró el regomello[1] de hacer lo que hemos hecho. Ya habréis oído que los del Gobierno han dicho que los viudos no vamos a perder la pensión si volvemos a casarnos. Y a eso hemos venido Don Valerio y yo a Valencia, a casarnos.
Bueno, ¡ya lo he dicho! Y me entra la risa, -perdona, hija-, figurándome tu cara con lo mirada y melindrosa que tú eres.
Que Don Valerio y yo nos quisimos de mozos ya lo conocíais, y de ahí vinieron en el Pueblo, como sabes, los desaires entre la familia de tu Padre, la mía y la de Don Valerio. Él y yo éramos de los pocos que teníamos algunos estudios, así que "cada oveja con su pareja" -que rezongaban los míos, como se decía antes-. Que "…mujer leída no podía ser buena" -que decían los de tu Padre; y que "…plato de segunda mesa era malo de catar, porque catado estaba ya…", le decían a tu Padre los amigos cuando se juntaban y hablaban de mí.
Sabiendo eso, no te extrañará que estuviéramos en boca de todo el mundo por haber vuelto a hablarnos últimamente, a destiempo y como en una chochez vergonzosa.
Lo de "todo el mundo" es mucho decir. Me refería a ese "todo el mundo" que es una Residencia de Ancianos. Y ahí en el Pueblo…, que ya sé las murmuraciones que habéis tenido que apechar tus hermanos y tú, y las hijas de Don Valerio. Pero, te juro por todos los de mi sangre que, mientras estuvo vivo, nunca le falté a tu Padre que en santa gloria esté ni con el pensamiento.
Don Valerio y yo tonteamos de mozos; para qué lo vamos a negar. Pero nos empezamos a olvidar como pudimos cuando él se fue a la mili y se reenganchó de voluntario todas las veces que le dejaron para poder comer caliente -que en el Pueblo no encontrabas ni nabos en los malditos años del hambre-. Y nos terminamos de olvidar cuando, al volver él con la cartilla de licenciamiento, yo ya estaba bien casada por la iglesia. Que encima tenía que agradecerle a tu Padre que me matrimoniara habiendo estado de novia con otro antes que con él.
Ni mirarnos a la cara de cerca le consentí a Don Valerio cuando llegó. Y bien que más de una vez se fijó de lejos en los verdugones que me dejaba en ella la correa de tu Padre cuando lo malmetían en la Taberna y le agarraban los celos en una de sus borracheras; o cuando se jugaba el jornal al tute en una sola tarde y teníamos que comer de fiado el resto de la semana hasta que le pagaban otra vez.
Lo malo era cuando se juntaban dos o tres semanas sin cumplir con la cuenta de la tienda y no querían fiarme. Entonces me tundía de una manera…. Tú te recordarás…, que ya eras grande y alguna vez recibiste por meterte de por en medio.
– Mira, María, -me decía la Tendera con ojos de lástima-, si fuera por ti, te daría de fiado por un año. Pero, hija, con ese "chalao" de hombre tuyo tendrás que comprender…
Yo me iba calle abajo con el miedo metido en el cuerpo, cavilando en qué ponerle en el plato para que tu Padre, mal que bien, llenara el estómago y se olvidara de la correa. Pero ya no le echo cuentas a aquellos años de vapuleos y de hambre; bien lo sabes tú; y, como te digo, que Dios lo tenga en su santa gloria.
Cuando te porfié para que me trajeras a la Residencia, porque la casa se nos estaba quedando chica, -que mira que has parido hijos-, y cuando, desde la ventana de mi nuevo cuarto, te vi de irte el primer día, se me partió el corazón teniendo que apartarme hasta de las cosas más insignificantes que yo había tenido en el mundo. Pero, como te dije, los viejos nos volvemos demasiado chinchosos. Y un poco sucios; para qué lo vamos a negar. ¡Si yo misma me huelo el tufo de la vejez cuando arrimo la nariz a mis manos! Para qué vas a castigar al mocerío con tu presencia, -me decía cada día que pasaba en la casa-.
Por eso tentaba las cosas tantas veces; me estaba despidiendo de mi mundo.
Por lo menos en la Residencia, todos juntos, parece que nos prevalecemos mejor de nuestros achaques; porque siempre hay alguien peor que tú. Tan peor que en los años que he estado allí no pasaban tres días sin que alguno de los compañeros dejara de sentarse en el comedor a la hora del desayuno. Pero sabrás que ninguno preguntábamos, porque por adelantado se nos alcanzaba la razón de la ausencia. Alguno de los que llegaban nuevos, y no conocía el cada día, siempre se le escapaba la pregunta. Pero, después de la primera vez, nunca volvía a averiguar.
¡Si supieras lo deprisa que aprendemos los viejos y lo poco que queremos saber de la muerte! Ya lo apreciarás tú si Dios te da vida; que así sea.
Pero me estoy retirando de lo que quería decirte en esta carta. En eso tenías razón de enojarte: que nunca he sabido ir al grano cuando quería mentar algo. Será por el aprendizaje de tantos años, por lo difícil que era entrarle de frente a tu Padre, que Dios guarde en su gloria, sin que te soltara un sostrazo[2].
Como te decía, no teníamos en nuestros cálculos Don Valerio y yo el que la vida nos juntara finalmente en la Residencia; será que el destino lo dispuso así para que a los dos nos dieran plaza en ella y aliviaros a vosotros del quehacer de cumplir con los viejos, y a nosotros de la pena de no tener sitio entre los jóvenes en nuestras propias casas.
Vernos y encenderse el antiguo querer fue la misma cosa; que a los viejos, aunque no te lo creas, nos bulle el corazón con mas apremio que a los que tenéis tanta vida por delante. Y, si no nos hemos casado antes, fue por lo de no perder la viudedad; por no privaros a vosotros, que tantas bocas tenéis que tapar, de lo que queda de nuestra pensión después de pagar la Residencia.
Además, ¿de qué íbamos a vivir los dos? ¡Mira que era tener mala sangre quitarles a los viejos la pensión si volvían a casarse! Si tú supieras cuántos viejos he visto queriéndose a escondidas en aquella triste casa donde nos tienen apartados como espuertas, y con el miedo royéndoles los entresijos por si los dejaban sin los dineros y sin tener que echarse a la boca si perdían su pensión… ¡Cuántos se hubieran casado si…! ¡Ay!, perdona otra vez que ya dejo de desbarrar y sigo.
Pues te diré que cuando han radiado lo que ha dicho el Gobierno, que ya no nos quitan la pensión, nos hemos figurado volver a lo que nunca fue, y no hemos querido esperar más.
Ni tampoco queríamos seguir arrinconados como capachos viejos.
Como ya te conozco, tú me dirás que, a fin de cuentas, juntos estábamos en la Residencia, y que qué necesidad teníamos de dar el campanazo. ¿Para qué vamos a menear el agua ya remansada y enturbiarla otra vez; verdad, hija?
Lo que no puedes comprender todavía, hasta que no empiecen tus huesos a helarse como los nuestros, es el frío que se te mete por el cuerpo en la soledad de las larguísimas noches sin sueño de la vejez.
Cuando, por las noches, teníamos que irnos cada uno a nuestro cuarto, Don Valerio y yo nos mirábamos sin hablarnos ni siquiera, preguntándonos con los ojos si al día siguiente nos juntaríamos para tomar el desayuno o si nuestra silla sería retirada discretamente de la mesa por la mañana. Y tenías que haberle visto cómo se le eclipsaba el mirar. Así que ya sabrás por qué nos hemos casado: para poder darnos por las noches un poco del calor que nos queda. Y para morirnos juntos si podemos.
No te sofoques, hija; ya se que siempre has dicho que con los años se me estaba perdiendo la vergüenza en la lengua, pero, aunque sea una vez, y por carta, para no cortarme con lo que tengo que decirte viéndote ese mirar calcado del de tu Padre que en paz descanse, tengo que referirte las cosas como son y como las siento.
Don Valerio y yo, que tanto hemos esperado, no vamos esperar ahora a la muerte, sentados en la puerta de nuestro cuarto, mientras el cuerpo se nos dobla como si buscara ya la tierra. Queremos salirle al encuentro, cruzarnos con ella por el paseo y por la plaza del pueblo, echarle el último pulso y poderle hasta que ella nos pueda a nosotros.
Nos hemos casado y nos hemos venido de viaje de novios viejos a Valencia, a una pensión junto a la Albufera, donde las puestas de sol, por las tardes, tienen la misma mansedumbre de nuestros años y el mismo color que nuestras tristezas. Aquí nos estamos gastando lo que el pobre ha podido retirar de lo que sus hijas querían darle de lo que era suyo cada mes, y lo que yo sacaba vendiéndoles pañitos de ganchillo a los familiares de los otros viejos. ¡Con lo que a ti te desazonaba y te afrentaba mi comercio miserable! ¿O te piensas que no me daba cuenta? Pero, bien que te callabas cuando te daba para los reyes de tus hijos o para unas medias de nailon por la feria del Pueblo. Bueno, vamos a dejarlo así; que ya no me quedan muchos alientos para gastarlos peleándome contigo. Y menos ahora que estoy como reviviendo.
Aunque te dé el último sofocón, lo que sí tengo que decirte, que ya lo hemos hablado mi marido y yo, -perdona, hija, que se me llene la boca por una vez en la vida-, es que nos vamos a ir a vivir a la casilla que Don Valerio se compró en la Rambla. Esa que está cerrada desde que él se fue a la Residencia y que ninguna de sus hijas ha querido porque no tiene corral donde meter las bestias, y porque la alcoba y la sala son la misma pieza. Sí, esa que tu Rogelio quería comprarles por cuatro cuartos porque decía que parecía un piso de capital. Pero, vaya una cosa por otra: no tenéis que desazonaros por el pico de mi pensión que te quedabas tú después de pagar la Residencia; que, con lo que ha acordado el Gobierno de no perder las pensiones, podremos vivir mi hombre y yo con lo que le pagábamos cada uno por la estancia y aún ahorrar unos duros nosotros que tan poco necesitamos ya y que de tanto hemos carecido; y arrimaros ese remanente que siempre te quedabas de mi pensión. ¿O te pensabas que no lo sabía?
Pero tampoco por los dineros no vamos a pelear a estas alturas, ¿verdad, hija mía?
Una cosa quiero pedirte: que en cuanto recibas esta carta retiréis de la radio la proclama; porque verse publicado, aunque sea a la vejez, es como si te afrentaran.
Y hablando de afrentas, ya lo sé: que, la primera noche que pasemos en el Pueblo, nos darán de madrugada la cencerrada que le echan a los que se casan de viudos viejos; pero mi hombre y yo la oiremos juntos, arrebujados en nuestra cama; y te juro que nos sonará como si fuera la serenata que no pudimos tener de mozos.
En lo que estás confundida, hija, es en la ropa. Ya no visto "bata negra y zapatillas de paño a cuadros", que era lo único que tenía en la Residencia. Mi marido, para la boda, aunque fue humilde y en misa del alba, me compró una saya de florecillas malvas y grises, unas medias de cristal, una toquilla de lana y unos zapatos de piel como los que llevé una vez en la feria del Pueblo el año antes de irse a la mili.
Y hasta velo de gasa llevé a la boda aunque negro como me corresponde.
Para acabar, quiero pedirte que no te amargues por lo que vayan a decir tus hijos. O por lo que tú tengas que referirles. Ni siquiera por lo que tengan que oír. Yo que tú, les diría -para cuando puedan comprenderlo- que quererse es mejor que pelearse, aunque les hayan enseñado que en lo de quererse hay mucho pecado. Y aunque uno tenga que quererse con un pie al borde de la fosa, ahora estoy sabiendo, hija mía, lo que es un apego de verdad.
Como verás siempre hay tiempo para aprender cosas, y para que la vida se enmiende. He tenido que hacerme vieja para saber lo bueno que es tener un compañero. Te deseo -y que Dios me perdone- que el tuyo se te cruce en la vida antes de morirte… Y perdona si me percaté a destiempo, poco antes de pedirte que me llevaras a la Residencia, de que el Rogelio te había salido tan bravo como a mí tu Padre.
¿Y qué podía hacer si no era irme de la casa antes de que yo le partiera la cabeza o él a mí me partiera el alma encima de tus lomos? Ahora ya sabes lo que tenías que saber.
Y sin más que decirte se despide tu madre que lo es y que te quiere.
Gaviola en Marineda. En un 9 de Diciembre de 2001.


[1] REGOMELLO: preocupación indefinida y tenaz. De mi Libro
[2] SOSTRAZO: Bofetón. De mi Libro


MªSocorro Mármol Brís desde Madrid, España

jueves 27 de agosto de 2009

La cita, por Lola Bertrand (Creadora de los abrazos de mar)


Él y ella, separados por una mesa, desierta, engalanada con un mantel blanco.¿Puede tener una mesa kilómetros de ausencias...?En este caso, puede ser que sí...El primer ritual suelen ser los ojos. Es imposible evadir la mirada, sin ser descortés. Los ojos se funden en los ojos, y cada uno desprende una esencia diferente…-¿Me amas?- dice ella.-¿Qué día es hoy? - pregunta él.

Dos manos inquietas aletean ternuras. Le duelen las puntas de los dedos de no poder tocarlo.¿Cuándo te has ido que no te vi marcharte? , piensa ella.-Te estás volviendo vieja,- comenta él.Dos pupilas heladas la atraviesan, dejando en su cuerpo una rigidez extraña.Unas lágrimas mueren tragadas a través del iris negro.-¿Dónde quedaron los que un día fuimos?- pregunta ella.- Estoy muy satisfecho de lo que he conseguido en esta vida,-le dice él.

Una catarata de imágenes, humillantes y desagradables, se incorpora a su torrente sanguíneo. No quiere pensar, y no puede dejar de pensar…El sonido de un reloj de pared invade de pronto el aire que les circunda: está desgranando las horas acumuladas por años. La cita termina.

Mañana amaneceré libre…, piensa ella.-
Espero que me tengas la ropa a punto para la reunión de mañana,- ordena él.

Sobre la mesa, el blanco mantel se pregunta: ¿estarán vivos…?

Lola Bertrand, Gijón, Asturias, España

Chill out en el acantilado, por Mª Ángeles Cantalapiedra


El lujo no encierra la belleza, el alma de las cosas…
Era una tarde de calor aplastante. El sol parecía no tener prisa en poner punto y final. Es verdad, no hacía daño al mirarle de frente, pero entre él y la humedad del mar nos había dejado sin ganas de movernos. Sin embargo, comenzamos a caminar entre casitas blancas, calles desiertas que subían y bajaban por las laderas del corazón y nuestros ojos no dejaban de empaparse de una belleza simple vestida de una estética que sin ser perfecta, te llenaba hasta el último rincón.
Vimos un letrero mal pintado con una flecha "Acantilat", la seguimos hasta que llegamos a la azotea de una casa. Trepaban y descendían escaleras y cada vez más cerca del cielo, del borde del mar, del horizonte; una gaviota casi me rozó la cabeza.
La costa se me antojaba faraónica, escarpada, desafiante.
Lo que vieron mis ojos es difícil de expresar sin que la emoción venga a hacerme una visita e inunde el ánimo de lágrimas. Llorar es una expresión sutil, refrescante que canaliza muy bien los sentimientos de alegría, placer, tristeza, da igual, lo importante es saberte expresado con la claridad del momento que estás viviendo.
De unos minúsculos altavoces, salía una música para que bailara el atardecer vestido de noche sensual. Me apoyé en la barandilla mientras el aire refrescaba mi piel y mis ojos se bañaban en aquella sencillez de paredes blancas, sillones de mimbre, sombrillas rozando el cielo dormido y las gaviotas danzando a mi alrededor. Aquella azotea no tenía ninguna pretensión de lujo y, sin embargo, te ofrecía la bebida refrescante de la serenidad, esa paz que buscas atropelladamente y que se quiebra la mayoría de las veces entre las yemas de tus dedos.
Sentí cómo se esfumaba el susto de ese día en que el coche en el que viajábamos se empotraba contra un bello muro de piedras menorquinas.
Me di cuenta que de las cenizas volvían a resurgir mis sensaciones mientras las estrellas se encendían en aquel chill out del acantilado.
Y entonces pensé qué fácil es enamorarse en un lugar así…, y qué suerte poder estar allí para luego contártelo como uno de los mejores recuerdos de mi verano azul.


MªÁngeles Cantalapiedra, desde Menorca, España

Hoy no es un día más, por Luis Alfredo Alcocer


Hoy no es un día más; voy a seguir, durmiente, y soñaré con campos ambarinos alumbrados de estrellas; soñaré con novas que mueran y renazcan, dentro de unUniverso de pétalos que vuelen junto con las aves, sin rumbo fijo porque cualquiera es grato, como si cada amanecer fuera una vida nueva.Hoy quiero ver a niños; hombres con la mirada limpia; manos, dedos enamorados acariciando caras y rizos en la frente, con magias que encaminen las penas al pasado -aquel donde el olvido manda- y, su volver, sea un futuro lleno de besos y de noches en el que los perdones y promesas huelguen, porque el amor hará de mantaprotectora que cubrirá pecados y recuerdos, manta cuyos bordados serán igual que arrullos con sonido de espumas abrazando la arena.Hoy no es un día más..., voy a seguir, durmiente, y al despertar volveré a mantener el hueco de la almohada, sin un susurro, sin desvelar el aire, para que la esperanza continúe, para que sol de la mañana pueda seguir alimentando mis sueños imposibles.


Luis Alfredo Alcocer, desde Madrid, España

Quiere navegar, Por Lola Bertrand


Quiere navegar por ella
atravesar esos puntos oscuros
que contiene,
deslizarse por ese silencio que
no es capaz de transpasar
por más que espíe
esas húmedas miradas
cargadas de amor.

Quiere navegar
por ese rincón que le hurta,
por ese dolor que le esconde…

Lola Bertrand, desde Gijón, España

Soberbia en el patio con glicinas, por Cati Cobas



El patio en damero olía a glicinas azules y a jazmines blancos. La chapa de zinc, calada, que bordeaba la galería, brillaba bajo la luna gris, allá, en el convento de Boedo.Ramón había vuelto hacía poco del laburo en el puerto, y ya sehabía paseado un rato largo, pavoneándose con aire suficiente y ganador, delantede la pieza de Mabel, la rubia de la sala, sin que ésta diera señal alguna de reconocer su varonil presencia y su elegante porte. Luisa, "la Tucu", delicadatez de aceituna y enormes ojos negros, cebaba mate, sentada en un banquito,envuelta en su batón con florcitas rosadas, mientras Ramón, su hombre, bigotazos azabache, en la cara aflautada de piel muy blanca, casi transparente, y vello tupido, asomando entre los botoncitos de la camiseta de frisa entreabierta, lotomaba, sentado a horcajadas en la silla de paja descangallada y fané, y le espetaba: "¿Para qué querés leer y escribir, decime?¡Qué vas a aprender, vos!Para ganarse la vida no hacen falta libros, basta con tener buen lomo y ser bien macho, nena".Eso repetía a la mujer todas las noches, en cuanto ella le hablaba de sus sueños.Ramón traía el morfi diario, amén de las pilchas necesarias, para eso era el varón y nada más. "Dejate de pavadas, conque me tengás el bulín limpito, la mesa puesta y me dés bola en la cama, es más que suficiente. Las mujeres no sirven para nada, no me vengás con historias. ¿No te dás cuenta que el mundo se hizo para el hombre, no es para flojas de tabas y de coco, como vos? Me basto y sobro yo solito para todo. ¿O te falta algo? ¿Me vas a decir que no te tengo como una reina"? Luisa pensaba que la vida debía ser algo más que el piletón y el agua fría, algo más que el huevo frito en el calentador, y el mate y las glicinas, y ese quererla de apuro sobre el elástico ruidoso y el colchón de lana mal cardado, pero Ramón era tan seguro de sí mismo, parecía tan fuerte, que aunque nunca la había lastimado, le inspiraba un temor reverencial y sumiso. Él la levantó de la miseria más atroz allá, en aquella pensión miserable de Retiro, recién llegada de su Tucumán natal.¡Tucumán! Luisa recordaba la plantación de caña, el rancho , el hambre y aguantaba. Aguantaba, y le rendía culto a Ramón mientras estaba en casa, pero hilaba todas las mañanas su sueño de otra cosa, cuando hacía los mandados, la mano en la bolsa para el pan, de tela, con cuadritos blancos y rojos y ese volado tan prolijo; cuando baldeaba el pedacito de patio delante de la pieza en el inquilinato, y cuando vaciaba el fuentón del baño semanal, en el que le tocaba el segundo turno, con el agua ya llena de jabón y roña."¡No querrás bañarte vos primero!", decía Ramón todos los sábados, y se sumergía en el agua tibia y limpia. Luisa fregaba la espalda de su hombre con la bolsa de harina cortada en pedacitos y suspiraba soñando otra vida, lejos del papel quele estaba tocando en suerte. Una mañana, Luisa supo por la panadera, que la escuela del sindicato abría la inscripción, y sin pedir permiso se anotó.Ramón permaneció ignorante de lasnuevas actividades de "la Tucu", como le decía, cuando se ponía querendón, y siguió pavoneándose ante la rubia de la primera pieza. Gastó el piso de ir yvenir, e hizo tanto alarde de su estampa, de su labia y condiciones, que se ganó a la rubia de la sala, otra muerta de hambre, que se ganaba el mango levantando puntos en el centro. Y aunque sólo fue un relumbrón, porque a la rubia con una tarde de romance le bastó para el descarte, después de eso, ya nada fue igualpara "la Tucu". Su hombre se sentía más importante que Gardel y Le Pera juntos.–De lástima no te pianto-, le repetía entre mate y mate, mientras Luisa tragaba saliva, apretaba dientes y cada día quería ser más Luisa y menos la tucumana. Ella escondía libro y cuaderno en el cajoncito del ropero, justo debajo del ponchito que le compró la mamá cuando subió al tren aquella tarde de invierno.Ella freía los huevos y los churrascos en el calentador y callaba. Vivir con un pavo -sobre todo si cree que es Real- no es cosa fácil, pero laTucu ya leía bastante bien después de un año, y hasta podía con las cuentas de dividir si la apuraban.Cuando abrió la perfumería Ivonne sobre la avenida, y pusieron en la vidriera el cartelito que decía "se necesitan vendedoras con buena presencia", el corazón de Luisa dio un respingo. Era mucho para ella, que después de todo era una inútil, una inservible, una mantenida por Ramón casi de lástima. Además, era difícil que la tomaran. Seguro que el Jefe de Personal preferiría a alguien con un tipo más fino, como Ramón había preferido a Mabel, en su momento. Aquel día, cuando él se fue a hombrear bolsas, y se despidió de ella gruñendo ydiciendo: "arreglate con esta guita, es más que suficiente para una pajueranacomo vos", puso la olla en el calentador y se baño primera y única. Sacó la colonia del ropero y se peinó el rodete bien tirante. Se veía linda, la tucumana.Llegó a la puerta de la perfumería y se encontró con la rubia de lasala, en la fila de las aspirantes. Tuvo que apoyarse contra el buzón para no caerse
...............................................................
El patio en damero olía a invierno. La chapa de zinc, calada, que bordeaba la galería, no se veía en esa noche cerrada y sin estrellas, allá, en el convento de Boedo.Ramón había vuelto hacía poco del laburo en el puerto, y recorría lapieza desconcertado.Luisa, "la Tucu", la de la delicada tez de aceituna y los enormes ojos negros, no estaba ya esperándolo, con el mate y el huevo frito en el calentador, y el agua tibia en el fuentón ya lista para el baño.Tampoco estaban en el ropero, el batón con las florcitas color rosa y el poncho tucumano.Ramón corrió hasta la sala, desesperado, a preguntarle a la rubia sisabía algo de la Tucu. Mabel le contó con pelos y señales cómo Luisa le había ganado a ella, el puesto de vendedora en la perfumería nueva."Querían alguien que supiera leer y escribir como la gente", le comentó, decepcionada.

Cati Cobas, desde Buenos Aires, Argentina

Retallecer, por Eva



No, no quiero renacer más veces de los desdenes,
ni rememorar las ausencias que entrelazan los segundos.
No, no deseo llorar más penas que las de hoy,
ni habitar en las sombras de las inquietudes.
No, no viviré más las semblanzas del insolente,
ni eclipsaré de locuras los recuerdos.
Me adentraré en las doctrinas que imparte la sinrazón.
Seduciré con bálsamos los pesares de la involuntad.
La soledad del alma la tornaré en verdes que preñen de placeres las alboradas.
Bordaré de quimeras las nostalgias del infinito.
Viviré añorando el instante mágico que no evoque la memoria.

Eva, desde Coruña, España

Nada que decir, por Mª Ángeles Cantalapiedra



Alfonso no tiene nada que decir a Mercedes; hace tiempo que se agotaron las palabras.
Cada día, como único gesto de comunicación, se miran, nada más. Son miradas perdidas, ciegas. No se ven. El tiempo se encargó de acrecentar la bulimia de sus sentimientos y, ahora, están varados en un puerto sin agua. Ya navegar es imposible piensa Mercedes mientras enciende la cafetera. El eco de las paredes araña tanto a su corazón que lo siente en carne viva.
Dicen que las mujeres tienen un buen flotador para no ahogarse, que siempre pueden llegar nadando hasta la orilla. Pero Mercedes no, porque aquello que la mantenía a flote te ha evapora.
El día en que se dio cuenta de que ya no amaba a Alfonso no lo dio importancia, simplemente pensó que el roce, los años en común en sus mochilas, serían suficientes. Además, tenían cuatro hijos. Pero estos se fueron poco a poco del nido hasta quedarse frente a frente, solos.
Entonces, los años se desplomaron. Cada día Mercedes pensaba qué hacía allí, qué sentido tenía permanecer en esa si nada había; estaba vacía. Se sentía enterrada en vida cada vez que miraba de reojo a Alfonso.
El rostro de Alfonso era impenetrable, ¿qué pensaría?, se preguntaba Mercedes.
Desde que en la fábrica hicieron regularización de plantilla, Alfonso había sido de los primeros en ser despedido. No dijo nada. Llegó a casa como todos los días, preguntó qué hay de cenar y, mientras sorbía la sopa, comentó que ya no tendría que madrugar. Mercedes levantó la cara del plato y le miró tratando de taladrar su mente, no pudo. A partir de aquel día, cada mañana se levantaba a la misma hora, tomaba el café muy despacio y se dejaba caer en el sillón con la mirada nublada. Mercedes pasaba por su lado con el plumero del polvo para quitar las telarañas que cada vez se hacían más espesas y sentía lástima por el saco de huesos que permanecían sentados sin alma. Algo la decía que él no deseaba vivir o mejor dicho, no sabía vivir.
Desde los catorce años trabajando casi dieciséis horas diarias, no había tenido tiempo para aprender, palpar, oler, otras sendas de vida. Con cincuenta y siete años su único camino había sido cortado de cuajo y para Alfonso el respirar no tenía sentido; de esto estaba convencida Mercedes.
Ella, mientras Alfonso trabajaba, se dedicó a los chicos y a hacer encaje de bolillos para sacar a la familia adelante. Ella tampoco conoció la vida; eran otros tiempos. Se casó con dieciséis años, el día anterior al desposorio guardó sus muñecos en el armario para siempre.
Tuvo nueve hijos de los cuales sólo sobrevivieron cuatro, pero los otros cinco tienen aún su hueco en la memoria de Mercedes; una madre nunca olvida. ¿Cuántas veces se quitó las lentejas de la boca para dársela a sus polluelos, a Alfonso, incluso? Estaba flaca, siempre lo fue, pero ahora sus pocas carnes se descolgaban por el precipicio de su cuerpo y…, se sentía tan sola.
Nunca fue amante de chismes, sólo señora de su casa y si lo hubiera sido, tal vez ahora tendría con quién hablar.
El silencio era un sonido ronco que machacaba sus oídos. Sólo la quedaba la televisión y esos programas de cotilleo para vivir de las vidas ajenas y olvidar la suya.
Mercedes tenía cincuenta y seis años y parecía una anciana, no se teñía el pelo que nacía plata por sus sienes. Hacía cinco años que no se compraba un vestido, ¿para qué? Si apenas salía.
Salió al patio a tender la colada: dos calzoncillos, una toalla, dos paredes de calcetines y unas bragas; anoréxica hasta la colada. Miró a lo alto viendo en la casa de al lado cómo se secaba la ropa de la vecina con alegre vaivén del viento. Mientras se agachaba a quitar las cuatro hojas secas de sus plantas, también miró a hurtadillas a su vecina: era de su edad y parecía quince años más joven que Mercedes. Un día, incluso, la vio entre los visillos como salía de casa con una falda por encima de las rodillas. Mercedes se escandalizó primero. Después, sintió envidia. No de la largura de la falda sino del espíritu de la vecina, algo que Mercedes no tenía.
Suspiró y decidió echar agua a las plantas, pero de repente, sus pensamientos fueron arrancados de cuajo por una voz:
-Mujer, ¿quieres que mañana vayamos a la verbena del Arrabal?- Mercedes se volvió asustada. No recordaba la voz de Alfonso y sólo la reconoció por la expresión "Mujer", ya que él jamás la llamó por su nombre.
-¿Y qué se nos ha perdido por allí?- preguntó Mercedes con voz cansina.
-Ya es hora, Mujer, de dar por cerrado el luto de nuestras miserias. Lo que nos queda, sepamos cómo es.
Mercedes calló. Tanta palabrería junta, seguida, tan honda, la habían dejado hasta sin pensamiento. Alfonso desapareció y Mercedes fue directa a la cocina. De uno de los armarios sacó una caja de latón y fue a sentarse. La abrió despacio, como si tuviera miedo a que saliera volando su contenido. Esa caja llevaba años con ella, quizá toda la vida. Buscó detenidamente hasta que encontró dos recortes de revista. Cada vez que Mercedes iba a tirar la basura, miraba en el contenedor y si veía alguna revista, se la llevaba a casa, la escondía y en las noches de insomnio se dedicaba a soñar.
Uno de los recortes era un vestido camisero de flores…, ¡era tan bonito!, pensó Mercedes y seguro que fácil de hacer. El otro recorte era la foto de una mujer que exhibía un peinado que la gustaba mucho a Mercedes. Era de una publicación de hacía cuatro años, ¿y qué?, volvió a pensar Mercedes mientras se atusaba la coleta que había llevado toda la vida.. De repente se levantó como un resorte y fue de nuevo al armario y de él sacó otra lata, ésta mucho más pequeña. La abrió y volcó todo su contenido encima de la mesa. Eran monedas, algunas hasta estaban roñosas; eran sus ahorros, lo poco que había ido guardando en cuarenta años. Nunca tuvo necesidad de abrir aquel bote y si la hubo, Mercedes esperó hasta último momento y no tuvo necesidad porque siempre se las ingenió para salir para adelante sin recurrir a al bote.
Ahora miraba las monedas, algunas estaban hasta fuera de uso. Volvió a meter las que no la servían, y las otras se las metió en el monedero que llevaba guardado en el pecho. Después, se despidió de Alfonso diciéndole que iba al mercado y se fue.
El Arrabal, romería de la Virgen del Arrabal…
Es septiembre, hace buen tiempo y este año hay gran afluencia en la verbena. El pueblo despide al verano paseando a la Virgen del Arrabal, bailando y bebiendo limonada. Hasta la juventud está animada con la orquesta.
-Mira Pascuala, mira allí…
-¡Jesús Bendito!, si es el Alfonso, el hijo de la Carmina. ¿Con quién va del brazo?
-¡Qué desvergüenza!, presentarse en la verbena con una cualquiera… Ahora no me extraña. Su mujer es una rancia, no habla con nadie y está muy mayor. Y ya sabes, el hombre quiere carne fresca.
Alfonso camina despacio mirando aquí y allá. Comenta el colorido de los farolillos con Mercedes que mira extasiada el ambiente. Antes de salir de casa, Alfonso se ha quedado con la boca abierta al ver aparecer a su mujer. Se ha quitado las canas y la coleta y luce un hermoso vestido floreado que se lo ha hecho ella misma durante la noche.
Mercedes aprieta el brazo de su marido y él al mirarla, le regala una tierna sonrisa.


MªÁngeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

domingo 23 de agosto de 2009

Resiliente, por Luis Alfredo Alcocer


Pues está claro que me equivoqué, aunque pienso que cualquiera hubiera cometido el mismo error.Yo era muy joven, aún no tenía treinta años, y ella era un bombón a punto de cumplir los veinte. No voy a detallar sus "virtudes" físicas, siempre he creído que, a veces, las palabras no son capaces de representar ciertas cosas. Diré, simplemente, que no había cristiano que no volviera la cabeza cuando ella pasaba.

Aparte, estaba su deje argentino; una forma de decir lenta, melodiosa, sugerente, capaz de enamorar al más retraído y, además, te miraba al hablar con sus ojos almendrados, de color verde y...

Al final acabaré describiéndola del todo, lo dejo aquí; sólo quería justificar mi equivocación, mi enamoramiento. ¿Y por qué hablo de error...?, sencillo. Yo sabía que el matrimonio es una aventura con un final dudoso, que las cosas de la pareja se deterioran con el tiempo, que no son lo mismo veinte días que veinte años. Que el "Me encanta como encoges tu naricita cuando te enfadas", se trasforma en "Deja de hacer ese gesto, que pareces un simio".¿Qué les voy a contar que no sepan? Lo que sucedió, en mi caso, es que mi mujer había llegado de la Argentina un mes antes de que yo la conociera. Hablaba mucho de su tierra natal, yo pensaba que era perfectamente lógico y que el tiempo daría paso a otras conversaciones, pero quia... Nada de eso, el tema fue aumentando día a día hasta convertirse en algo obsesivo, para ella y para mí:-Dicen en la tele que está a punto de desaparecer el lince ibérico –informaba yo, para hablar de algo.-¿Y qué? ¿Vos sabés que en la Argentina tenemos pumas?, eso sí que son felinos...Daba igual el asunto, siempre aparecía su inigualable tierra:-Mira, parece que este año no se pueden pescar anchoas –decía yo, esperando a ver por donde salía.-¿Anchoas...?, unos peces pequeñitos que casi no se ven. No seas boludo, ¿qué importancia tiene eso? Lo que no debe desaparecer son las ballenas de la Península Valdés. ¿Tenés ballenas en España, como nosotros allá? Ya lo he dicho, puede sonar a broma, pero así era todo; si veíamos un gorrión en la calle, ella me hablaba de los cóndores de Talampaya, "Allá donde la roca bermeja se torna en farallones" (repito esta cita, porque acabé aprendiéndola de memoria).El día que fuimos en Madrid a ver la Ermita del Santo, tuve que oír una conferencia sobre las Misiones Guaraníes de San Ignacio, de Santa Ana y de SantaMaría. Si nevaba, me describía los glaciares cercanos a los lagos Viedma o Argentino. Al ver el Manzanares, me dijo:-¡Sos un pelotudo, eso no es un río! El Alto Río Pinturas sí que es un río; y, para cataratas, las del Iguazú. Cuando intentaba, pocas veces, quedarme solo para ver al Madrid en la tele, aparecía por sorpresa y me relataba la historia y milagros del Boca, el River, el Estudiantes o el Rosario Central (por cierto, vaya nombre para un equipo de fútbol). Las "anécdotas" se me amontonan en la cabeza mientras les narro todo lo sucedido:-No canta mal Julio Iglesias, ¿verdad? -Inquirí una vez viéndole en la televisión.-¡Ay, mi Carlos! – Suspiró ella.-¿Qué Carlos?, ¿tuviste un novio que no me has contado?-Cada día sos más pánfilo -su mirada trató de traspasar mi cerebro-; ¿qué Carlos va a ser?Al día siguiente, un amigo me dijo que debía tratarse de Carlos Gardel.

No quiero aburrir, así tuve que pasar casi veinte años, ya lo dije. Todo acabó aquel día en que, por primera vez, le preparé un mate argentino.-Deja, que hoy el mate lo voy a hacer yo.-Pero, ¿vos sabé como se hace?-Claro, cariño, te he visto a ti durante muchos años. Lo probó:-Ah, pues no te ha salido mal. Algo amargo, como a mí me gusta..., y tiene un leve sabor a almendras. Tenés que preparármelo más veces.-No, mi amor, sólo hoy y nunca más.

Sin duda sabía a almendras amargas, era natural, se me fue la mano con elcianuro potásico.No hay más, Aquí se acaba todo. Certificaron una muerte natural y tuve el detalle de meter en su ataúd un video de "Evita", un tebeo de Mafalda y las obras completas de Ernesto Sábato (discos de Gardel no encontré). Meses después, un amigo –argentino también- me dijo que a saber sobreponerse a las dificultades, reconocer los errores y ponerles fin, se le llama resiliencia. O sea, soy un resiliente.., bajito, pero resiliente.


Luis Alfredo Alcocer, desde Madrid, España

Resiliencia, por Atho de Jazaria


Es la propiedad que tiene una pieza mecánica para doblarse bajo una carga y volver a su posición original cuando ésta ya no actúa.
¿De qué materia puede estar formado un individuo para hacer frente a la adversidad y ante ella superarla?
Y en proceso de superación ¿no se pierde elasticidad? El grado de resistencia no es estable, varía con la edad. Muchas personas resisten bien a problemas síquicos y sin embargo son muy vulnerables a los problemas físicos.
En fin, que me estoy liando. Que estoy de acuerdo con las definiciones que habéis dado. Y que he aprendido un nuevo vocablo.
Se deriva del latín: resilio-resilui (saltar hacia atrás, ser rechazado, comprimirse, REBOTAR).
Espero no ser RESILIADO por vosotros.

ATHO, desde España

Un antes, un después, por Mª Ángeles Cantalapiedra


He descubierto un lugar delicioso y solitario: es el hueco de la escalera de incendios; Entre dos puertas. Allí corre una fina brisa y la vista de una de ellas es a un trozo de cielo.Me siento libre como un pájaro.
Me escondo allí a fumar, a pensar y a leer. Está un poco sucio, pero no me importa, aunque esa suciedad me acerca el recuerdo de mi armario cuidadosamente cerrado con naftalina de olor a lavanda. Allí están guardados trajes de siete años; "Me sentaban muy bien, me favorecían, he de reconocerlo" me digo para saciar mi vanidad perdida.Sin embargo, ahora voy hecha un cuadro, mi condición de proletaria me induce a ponerme cualquier trapo para equipararme al resto y no sobresalir de la masa en nada; he olvidado mi imagen y, si alguna vez en el ascensor me miro, no me reconozco. Antes subida a unos andamios y ahora rozando el suelo. "¿Cuál es más real?" Me pregunto mientras ese trozo de cielo me regala un rayo de sol que no quema y me endulza... Nunca dejé de ser yo de alguna manera, pero la soledad siempre me ha perseguido. Antes, por ser quién era, debía guardar las distancias, y ahora..., no sé lo que debo guardar, la verdad, pero aquí estoy sola, nadie se acerca a mí desde que llegó la maldita crisis y comenzaron a rodar cabezas, sueldos. Después llegaron los despidos, los llantos, los orgullos heridos y… yo.No me mandaron a la calle, es cierto, pero me hicieron toda clase de judiadas; mi vida se convirtió en un infierno hasta que una mañana cuando llegué a trabajar con mis tacones de vértigo me encontré sin despacho. Mi vida laboral se resumía a una caja arrinconada y a una maceta.Me agaché a mirar la planta, no recordaba tenerla. Estaba allí pacientemente esperando a ser recogida por alguien. Su humildad me hería; tan simple que su belleza irradiaba luz. Recogí mis chismes y la planta y me dirigí al departamento de RRHH a que me leyeran el futuro; de esto hace un año.… Ahora, pienso que nos ofuscamos en no ver la belleza de las cosas cuando éstas están deseando ser descubiertas, palpitando por una mirada sin ceguera.Pisoteo el cigarrillo, lanzo un suspiro a la nada y retorno al trabajo. Ser proletario tiene sus ventajas: no he de mandar, sólo dejarme llevar y mis tiempos son sólo míos.He sentido tras de mí el airecillo humilde que rozaba mi espalda y he sonreído; desde entonces no he dejado de sonreír.

MªÁngeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

El Rodador, por Cati Cobas


Carlitos Romero fue rodador desde chiquito. En cuanto sentía en la pancita los retorcijones del hambre, rodaba, solito, y salía de la caja de manzanas que le servía de cunita allá, en la Villa Treinta y uno, cerca de Retiro. Todos se asombraban cuando lo encontraban, hecho un ovillito, en la puerta del almacén deDoña Clota. Pero Carlitos se había dado cuenta de que doña Clota tenía leche desobra para darle –estaba amamantando a su beba, pero la producción láctea erasumamente generosa- y como él era flaquito, y tenía carita de desgraciado, lamujer lo alzaba, mientras el bebé se regodeaba, al darse cuenta de que se iba a hundir en esos pechos generosos, tan distintos de los que tenía su mamá, una criolla seca de carnes y de sentimientos. Después, cuando fue a la escuela, comprendió que si visitaba la casa de algunos compañeros, iba a almorzar o merendar mucho mejor que en la suya, por lo que siguió rodando de casa en casa siendo, por lo general, bien recibido, ya que se fue convirtiendo en un muchachito prudente y ubicado, que se conformaba con lo que le daban, pero que siempre seguía buscando y rodando, como había aprendido a hacer en su cuna frutal, allá en la casa de chapa y cartón de laTreinta y uno. Así, rodador, fue creciendo hasta que cuando se hizo grande le dio por lasmudanzas. Ahí nadie pudo detenerlo. Lo supieron conocer primero en los barrios vecinos. En cuanto pescaba que había alguna casa que podía ser tomada, ahí se mudaba Carlitos con su carrito lleno de cachivaches. De todo llevaba: el catre, el roperito con la luna oxidada, la palangana para lavarse sin salir afuera y lo que más apreciaba: un botón de la blusa azul de Doña Clota, la misma blusa que tantas veces había visto desabotonarse con generosa magnanimidad. Si Carlitos se daba cuenta de que le iban a reclamar la casa, mudarse le resultaba muy fácil: ponía todo adentro del carrito y se buscaba otro lugar para vivir mientras pudiera. Entre tanto, para mantenerse, ejercía los más variados oficios; por ejemplo, fue deshollinador en Puerto Madero (el único problema era que no habíani una chimenea por allí, pero eso para Carlitos no era obstáculo), ordeñador de vacas en la City (ahí tuvo el mismo problema que antes, ya que las vacas no seguardan en los bancos, y ya se sabe que lo único que hay en la City son entidades bancarias). Nunca le sobró demasiado, pero hambre no pasó tampoco, porque de una u otra forma iba rodando para hacerse la diaria, aunque más no fuera ordeñando la máquina de café Express en el bar Pablito de Veinticinco de Mayo y Reconquista. Para eso tenía el botón azul de Doña Clota, que le servía de cospel de subte y también para hacer funcionar las máquinas expendedoras, como la que teníaPablito a la entrada del boliche.Un día, mientras pensaba a dónde mudarse, ya que le habían le venía el desalojo,se chocó de frente con Don Carlos Galván, el empresario más poderoso de la ciudad de Buenos Aires. Galván, con su corpulencia hacía, por lo menos, cuatro Carlitos juntos y lo dejó aplastado en la vereda. Como Carlitos no acostumbra baquejarse, volvió a hacerse un bollito, y quedó a los pies de quien lo había derribado, igualito que en otra época en la puerta del almacén de Doña Clota.Don Carlos se compadeció de ese ovillito y lo metió en el portafolio. Así Carlitos consiguió mudarse a lo mejor de Palermo, justo frente a los lagos. Cuando rodó fuera del portafolio de DonCarlos, y se sentó junto a él en la biblioteca, el empresario, que le había tomado simpatía, le propuso: "MiráCarlitos: necesito alguien como vos, de confianza. Tengo muchos problemas con el fisco y como vos sos un desconocido para ellos, yo podría, si te parece, poner algunos bienes a tu nombre, vos me firmás un contra-documento en el que me los devolvés y listo. ¿Qué te parece?"Carlitos pensó que total nada tenía que perder porque nada tenía hasta el momento, y aceptó. Para estar tranquilo sobre la fidelidad del Rodador, DonCarlos lo hizo mudar a su piso, en la torre más alta de la ciudad, desde donde se veía la orilla de Uruguay bien clarita así como los barquitos de vela navegando por el río marrón. Carlitos tuvo un poco de problema en este caso, porque no querían dejarlo entrar en el edificio con el carrito de la mudanza, que había ido a buscar a la última casa donde había vivido antes de su encuentro con Don Carlos. Aunque al final consiguió que se lo dejaran guardar en el garage del edificio.Y así, Carlitos comenzó una nueva etapa en su vida de rodar y rodar. El botón deDoña Clota lo llevaba siempre encima, aunque ahora no necesitaba usarlo: Don Carlos le proveía todo lo que necesitaba y más. Estaba muy contento de haber encontrado alguien como Carlitos, sin amigos, sin familia, que podía hacerse cargo de sus cosas sin molestar y sobre todo, sin preguntas. Carlitos pensó que ya había dejado de rodar. Que había encontrado su lugar en elmundo. Que el botón de Doña Clota podría estar para siempre de adorno, colgado de su cuello, cuando sucedió lo inesperado.Un día, mientras se entretenía contando los veleros que brillaban bajo el sol de noviembre en el Río de laPlata, le llegó la noticia de que debía mudarse nuevamente: Don Carlos había tenido un accidente mortal y como todo estaba a su nombre…

Fue un poco complicado para la empresa de aviación subirle el carrito de las mudanzas a ese avión que partía a Nueva York, pero a un magnate de los kilates de Don Carlos Romero no podía negársele nada. La revista People dijo en uno de sus reportajes que se maravillaba de la ubicuidad y don de gentes del multimillonario cuyo distintivo empresarial era un botón de plástico azul en la solapa del impecable Armani.

Cati Cobas, Buenos Aires, Argentina

Amores pasajeros del viento, por José Álvarez Arnal (Atho de Jazaria)


La luna acumula oscuridad en los rincones. Nadie en la calle; en las fachadas, silencio. Una mujer joven anda por la acera, se tambalea. Se detiene. Mira a derecha e izquierda, y se dirige al centro de la calzada. Los adoquines se mueven al recibir sus pisadas. El ruido que producen se rompe tras sus pasos. En dos minutos se planta delante de una entrada custodiada por dos tilos. Introduce la llave en la puerta, sus manos tiemblan como las hojas de los árboles. Da un portazo y, el eco, turba la paz del silencio.
La noche alarga sus manos y recoge la única luz que sale de la ventana de tercer piso del número 40. Una nube oculta la luna. Las sombras son dueñas de la calle y del silencio. También de la ventana.
Ha venido al valle para olvidar la montaña. Está invadida de una inquietud, que le hunde en un rumor de melancolía. Los recuerdos regresan de la lejanía, movidos por un viento extraño, llenos de esa triste desconfianza que nació entre los dos. Los pensamientos, vestidos de tanta lluvia enigmática, se inundan de nostalgia. Ahora, siente no ser yedra en el cuerpo del que fue durante el último verano, su tórrida pasión. El amor como un río, acarició las orillas de sus vidas, pero, al final desapareció en el mar del olvido.
Desde un rincón, bajo un reloj de cuco, un gato negro maúlla

Las sombras del anochecer duermen. La luz de la luna chisporrotea entre las nubes grises. Se sienta en la acera. Contempla la calle y la luz de la ventana. La misma luna ilumina sus ojos. Los tiene sumidos en lágrimas. El silencio viene húmedo y frío. Se oye el rumor del viento. Revolotean algunos pájaros en los aleros El día ha muerto sobre los tejados.
Cuando amanece, ya nadie contempla la ventana sentado en la acera.

……oOo…….

El moreno en la duna de su piel, brilla, ella no pierde vista al cielo. Brazos y piernas llenos de luz. Ánfora su cuerpo, quiere amor y sexo. Llora pequeñas muertes al viento que aúlla. Siempre esperando. Otro otoño sin él. Melodías tristes se posan en su cara. Sus recuerdos son caricias que hilvanan suspiros de pasión, ahora vestidos de niebla.
Qué puede ser el destino. Está deseando un suceso, un encuentro fortuito que le aporte una felicidad soñada, y nada acontece. Y eso que se prepara palabras, gestos, pensamientos, nada, no sobreviene. Nada que le traiga otro amor.
¿De qué sirve la libertad si no se sabe qué hacer cuando llega?

De la oscuridad de las intenciones ¿puede surgir el céfiro que anuncie la llegada del amor deseado?
Tal vez, se deba acceder con la mente al amor a través de los sueños, como se alcanza el reino de Shambalah.

El silencio, víctima del despecho, es propicio para desear hacer el amor con desapego. Pero, lo que puede parecer lujuria, es total abandono del amor. Se piensa hacer para confirmar la propia soledad. Hacer frente a la adversidad.

Todo parecía perdido. Ya, nunca sentirá al rozar su piel, ese cosquilleo tan cargado de sexualidad. Pero pasado algún tiempo, a principios del verano, coincidieron en una librería de viejo en Montmatre. Se saludaron con un beso en cada mejilla, sonrieron. Hablaron de literatura, de inglés, de vacaciones… Él le invitó a tomar un café en el bar "Les Ètoiles". Y siguieron contándose momentos de su vida. Él, acariciaba sus brazos morenos y, ella, consentía, y ella, volvió a sentir cosquillas, pasión por sus arterias, y, a él, el olor de su piel, de sus turgentes pechos, inundaba su cerebro. Quedaron para otro día.

Por fin apareció. Sonriente, miró hacía la mesa donde estaba él. Sus miradas eran el único lenguaje. Jesús de Nazaret volvió a la vida a su amigo Lázaro, El destino volvió a resucitar el amor que yacía algún tiempo muerto. Un beso apasionado en los labios trémulos. Nada se dijeron. Solo las miradas lanzaban mensajes de ternura.

Ellos traían una expiación muy deseada. Abandonar sus amores anteriores, con toda lealtad, por la dificultad de conseguir sus encuentros anónimos. Cuanto menos se dejaban ver, cuanto más huían de las personas conocidas, de sus familiares, más la pasión de los sentidos se acrecentaba.


………oOo………


La montaña tan hermosa parece una efigie egipcia. Sus laderas abrazan los valles. Al amanecer, las nubes acarician su cresta dejando un brillo esmeralda en los pinos. Donde nace la senda que lleva al sur, van cogidos de la mano. No se dicen nada. Caminan bajo una suave llovizna. Parece la misma lluvia de su reencuentro en París.

Exprimían aire de suspiros y bebían el líquido amargo de los malos recuerdos de la separación. Su resistencia ante la destrucción de su amor. Temían, que, como los pétalos de anémona, al menor soplo, sus amores fueran esparcidos en el olvido. Decidieron beber vino de loto, y olvidar las penas.

Recién encendida, una farola de tronco retorcido, alumbra gris, los muros de la iglesia del pueblo, que, con su puerta abierta, acentúa las sombras del atardecer. Una paloma que vigila sobre la mano pétrea de la estatua del santo, inicia el vuelo para ocultarse en el campanario medio derruido. Las copas de los árboles teñidas de rojo ocaso se reflejan en el río. Las nubes custodian la última cumbre. Los aldeanos regresan a sus casas cansados de la siega.

La pareja caminan unidos por el hombro, cogidos de la mano, en busca del último abrazo del día. La senda que conduce a la casa de turismo rural, dejan atrás los campos rubios de mies. En el patio son recibidos por unas mazorcas de maíz, que penden tristes de las vigas de madera. Junto a estas, unas colleras bostezan a su lado. Los balcones están adornados con macetas de cactus. Han florecido flores blancas, estrelladas, hacen olvidar sus púas. La calle está desierta. La campana de la torre del cementerio, inclinada y muda, deja ver su badajo oxidado. Está cansada de otear el horizonte. Está sola, En este momento, ni las nubes le acompañan.
La figura de un Niño en la cuna, sobre una mesa camilla, en el pasillo, está rodeado de un monedero, una funda de gafas, un cepillo de dientes y otro del pelo, una radio, un botellín de champú, una diadema y … a pesar de todo, el Niño sonríe.
Ha llegado la noche. Sigue la lluvia. Las luces de las farolas rielan sobre el pavimento. Las sombras son fantasmas en los balcones. La torre del campanario de la ermita que se divisa en la cima del monte, brilla con los últimos rayos de sol que deja pasar la lluvia. En la bodega, las cubas de madera de roble y castaño, guardan el vino. Telarañas cubren su cuerpo.
Sentados junto al hogar, contemplan una foto de una calle de New York. Un vagabundo sentado en la acera de un callejón, parece hablar con un gato. Tal vez le cuenta su último amor, ese que se desprendió de su vida como cuando las hojas de otoño son arrancadas al paso del viento.
Sin decirse palabra alguna, ambos están pensando si también su amor será pasajero de ese viento, a pesar de la resistencia vital que ambos están ofreciendo.

…….oOo……


Han pasado siete años. Ella vivía pensando que nunca sería olvidada. El amor se hallaba en su corazón, y conspiraba para derribar el miedo a conocer la realidad, la resistencia a las adversidades que poseía, desde algún tiempo había variado, era más débil. Él, le dedicaba las más bellas y tiernas palabras, pero sospechaba, que a veces, los hombres ofrecen lo mejor a aquellas mujeres a quien traicionan.
Completamente derrumbada recurrió a una bruja de mucha fama. Los huesos de una espalda de un animal muerto reaccionaron mal ante el fuego. Le recomendó que lo olvidara. Ante la duda del augurio, recurrieron al espejo negro de obsidiana. Reflejó todo lo nocivo y maligno que llevaba consigo esa relación. Sumergida en una espesa niebla, fue aplastada por las dos profecías. Ni las antorchas de abedul, portadoras de felicidad, consiguieron contagiar su alma.
Ella no fue capaz de ejercer control sobre las circunstancias del momento.


José Álvarez Arnal (Atho de Jazaria), España

Reverdecer, por Carmen Amaralis Vega Olivencia


En el centro del valle del
desierto
no se reconoce.
Se ha podido morir de amor
y no hay huellas.
Las lágrimas secaron
la lava ardiente
cubriendo de sal los aleluyas.

Se sabe viva.
Desesperada arranca abrojos.
Seca y fría
lame la hiel de las grietas,
y trata de atar
los pedazos de
cordura
con el azul infinito de la espera.

En la faena
es raíz que se enreda en las aguas
y reverdece.

Oasis pleno.

Carmen Amaralis Vega Olivencia, desde Mayagüez, Puerto Rico

Vidas robadas, por Mª Ángeles Cantalapiedra


Ana, se llama Ana Padilla, cuarenta y ocho años, y dos hijos que nunca quiso tener. Sin carrera, sin futuro y que acaba de divorciarse. Se frota las manos ante esa sensación nueva que significa libertad. Al fin, se siente libre aunque lleva un buen rato parada en la calle; no sabe a dónde dirigir sus pasos de su recién estrenada condición de ex.


Se pone a caminar despacio, sin rumbo, rozando el aire su incipiente piel marchita, sus despreciables síntomas de mujer en los albores menopáusicos.Todo se ha desencadenado tan rápido, apenas hace seis meses vivía una cómoda hipocresía, nada hacía preveer semejante desenlace. Tan acomodada estaba en su condición "de", que llevaba años siendo arrastrada a ser un objeto más de una vida que aunque renegó al principio, después se fue adaptando hasta bordar el papel.


Las brumas del tiempo fueron borrando aquella chiquilla que gustaba atraer la atención de los demás, perdiéndose en el mundo de las sensaciones al límite. Transcurrían parejas lo que navegaba en sus adentros con lo que afloraba en el exterior. Porque aquella vida más falsa que Judas se tragó la juventud del corazón, y sus ojos se nublaron de vejez y desidia. Toda ella olía a olvido y, sin embargo, siguió montada en aquel estatus cómodo y práctico. Pero Paco, su marido, la sirvió en bandeja la puerta grande.


Como pasa a muchos cuando llegan a cierta edad y han perdido por el camino la ilusión, a la vuelta de una esquina encuentran sin buscar la miel de la segunda oportunidad enganchada al escote de una joven, seguramente quince años más jóvenes que ellos y, entonces, en esos corazones marchitos y apagados se enciende una linterna que ilumina todos sus recovecos.Paco rejuveneció, tiró por la ventana lastres innecesarios y se fue de casa.Al principio, Ana tardó en digerir su nueva realidad de mujer canjeable y abandonada; estaba tan acostumbrada a cerrar páginas en blanco que…En el despacho del abogado ha sido todo tan frío y materialista que parecía que no había ni siquiera sentimientos ni un ayer para recordar. "Paco está loco", pensaba Ana mientras éste no discutía ni un punto de los acuerdos. Ella se quedaba con todo: casa, coche, acciones… Él no quería nada. En principio la dolió porque veintiséis años de matrimonio no se pueden tirar por la borda de esa manera, ¿no? Ana, cuánto más reflexionaba, más ofendida estaba hasta que el abogado pronunció la pregunta "¿De mutuo acuerdo?", y ambos, sin titubear, contestaron que sí.… Ana, está sentada en un banco del Retiro respirando hondo mientras una chicharra se afana en recordarla que hace calor; ella no siente nada si no es culpabilidad. Sí, se siente culpable de no haber tenido coraje y haber roto muchos años atrás. Ha robado una vida a Paco, se la ha robado a ella misma… Y, ¿ahora será capaz de encontrar una nueva para ella?


Cae la tarde, Ana sigue sentada en el mismo banco. Sigue pensando, tiene miedo, se siente sola, se siente una cobarde y se pregunta, "¿Cómo se construirá un mañana después de haber destrozado un ayer?"… Entonces, se acuerda que en casa alguien la espera; hay dos hijos que tampoco Paco ha querido discutir; también son para Ana, y ella no les quiere quitar lo que sus padres se quitaron así mismos.








Mª Ángeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

Si yo no llego más, por Luis Alfredo Alcocer


Y ahora...,
¿qué quieres que te diga?
si yo no llego más que donde
llego.

¿Qué espero una mirada?
¿O un cofre que albergue tus plañidos
sin miedo a los recuerdos?

Tal vez sea un lugar equivocado
-me alejaré de aquí...-
,(falso, no puedo ir a buscarte
donde no existen los silencios y se confunde el mar).

Y las palabras...:
las palabras que quiero,
las que mi cuerpo necesita
no están.

¿Por qué sólo yo hablo?,
¿En dónde está tu verbo?
¿Quién lo recibe hoy?

Esas palabras
(quizás no sean mías, yo siempre yerro),
¿las guardas junto a tus promesas?,
¿las de tus labios?,
¿las de tu boca órbita de mi boca?,
¿por qué están siempre ausentes?

Yo sé, lo sé,
que no es el tiempo aquel que nos separa:
pues,
tú eres el tiempo, la vida, la existencia,
la que aumenta distancias y enfría atardeceres.

Y aunque el océano se llene de esperanzas
-no importan los afanes, el destino buscado nunca existe-,
la isla que uno sueña será siempre de otros.

Por eso:
¿qué quieres que te diga?
si yo no llego más que donde llego.

Luis Alfredo Alcocer, desde Madrid, España

Partida en dos, por Carmen Amaralis Vega Olivencia


A veces se bifurca
y sus trozos rozan senderos íntimos.
Un yo errático se pierde en las profundidades.
Logra tocar fondo,
y con manos bien abiertas
acaricia el sabor del poder.

La otra se eleva al infinito.
Sobrevuela sus ganas
salpicando de rojos los delirios.
Con ojos bien abiertos
logra ver la desidia.
Respira el aire enrarecido,
olfatea desconcertada
todos los olores tibios del mañana.

Y así, partida en dos
suma y resta el valor de la existencia.
No hay recompensas ni castigo,
solo la apacible soledad del ser.

Carmen Amaralis Vega Olivencia, Mayagüez, Puerto Rico